Strigiformes

Naturaleza

Rapaces nocturnas

No hace muchos años, cuando nuestros pueblos eran mucho más pueblos y aún conservaban el rico patrimonio del silencio y el sabor de lo auténtico, en las tranquilas noches del verano se podía escuchar el croar de las ranas del arroyo, el grillar de los grillos en el campo y, a lo lejos, perfectamente nítido, el canto regular e intermitente del autillo (Otus scops), que recuerda el sonido de un radar o, mejor aún, de un sonar de alguna de las películas de submarinos que ponían en la tele los sábados por la tarde.

Entonces, en la torre de la iglesia se hospedaba la lechuza (Tyto alba). Aquella a la que acusaban nuestros mayores de beberse el aceite de las lamparillas, y que a veces con su ruidoso chistar nos mandaba callar a todos en su guardia nocturna desde lo más alto del lugar sagrado. Otras veces se la veía fugazmente, débilmente iluminada por la luz amarillenta del farol, colarse por el cristal roto de la gris ventana en busca de los ratones que hurtaban el trigo de los viejos graneros.

Poco a poco fuimos viviendo y madurando. Los pueblos y las personas evolucionaron y, sin darnos cuenta, sin movernos del sitio, nos mudamos a otro lugar en el espacio y en el tiempo. Más ruidoso, más urbano, más aséptico y más impersonal. Ahora, como entonces, el autillo sigue lanzando sus intermitentes sonidos, aunque ya no llegan hasta nosotros. Se apagan a mitad de camino, en las afueras del campo lejano y extraño. La lechuza abandonó su torre y se fue a vivir a la caseta del tendido eléctrico abandonada en la antigua huerta. Ya no quedan graneros en el pueblo ni ratones que los habiten.

En el campo, cada vez más lejano y más profundo, la luna alumbra la escena en la que el majestuoso búho real (Bubo bubo), apostado en la rama del chaparro, vomita la bola de pelos y huesos del incauto gazapo que le sirvió de cena y que no pudo digerir. Debajo, en una hondonada en mitad de un talud, a escasos metros, los dos pollos con el pijama de plumón claro se apretujan y acurrucan junto al blanco y frío huevo de su hermano no nacido.

La noche pasa, tranquila y pausada. Las hierbas secas crujen al paso de los duendes, las constelaciones giran en torno a la estrella polar. El negro del cielo torna a violeta y después a azulado, mientras empiezan a distinguirse las primeras siluetas.

Ya de día, con el frescor y el aroma del alba, el pequeño mochuelo (Athene noctua), curioso como pocos, asoma por la hura del conejo, donde ha establecido su morada, para ver lo que acontece en el exterior. Sale, se estira, observa, observa, observa y vuelve a sumergirse en el inframundo, a resguardo del sol cegador.

Un bando de jilgueros pasa despavorido, seguido y perseguido por un ave más grande, más rápida, más fuerte y más voraz. En cuestión de segundos el ave se posa tras una pequeña loma con el trofeo conseguido. Intento asomarme sigilosamente, y efectivamente, allí está, detrás de su inconfundible antifaz. El buho campestre (Asio flammeus),  clava sus ojos en los míos y durante unos instantes ninguno de los dos se mueve. El que parpadee pierde. Un momento mágico e irrepetible que no es posible olvidar.

Mariano Fernández
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